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miércoles, 24 de septiembre de 2014

Compartir con Pilar Franco / Zumo de Marketing

Depresivos vs. Buenrolleros, la batalla entre ilustradores



Son buenos momentos para la ilustración, de eso no cabe duda. Hace algún tiempo, a un ilustrador no le quedaba otra que llamar a las puertas de las editoriales infantiles, con mucho tesón, si quería conseguir malvivir dibujando. Alguna campaña publicitaria, algún encargo esporádico (bodas, bautizos, comuniones: efemérides varias) y poco más. Viñetas en periódicos, con algo de suerte. En resumen: público reducido y prácticamente marginal. Ahora, no. Ahora ya no es tan raro encontrar sellos (Lunwerg, Impedimenta, por ejemplo) que se lancen a publicar ilustración pura y dura, sin texto, ni encontrar prints con sus dibujos en pequeños comercios o grandes superficies. Las redes sociales, tan ajenas al mundo del papel -paradojas de la vida-, se han convertido en una instrumento vital a la hora de difundir la obra de muchos artistas. Parece que, por fin, el que vale, triunfa.

Pero, ajá, he aquí el problema. Son muchos los que engrosan la lista de artistas, muchos y muy diferentes. El “boom de la ilustración”, lo llamaron, y con toda la razón, porque la familia continuó creciendo, la casa se quedó corta, y pasó lo que pasó, que aquí cada uno es de su padre y de su madre. Si en la vida, a grandes rasgos, existen dos clases de personas, en el mundo de la ilustración, todavía más. No hace falta ser muy observador -a los lienzos me remito- para advertir que existen dos bandos (bandos, si, como en la contienda) completamente irreconciliables: LOS BUENROLLEROS Y LOS DEPRESIVOS. Existen matices, pero así, a grandes rasgos, es lo que hay. 
Me da la impresión de que todo empezó hace un par de años, con el fenómeno Mr. Wonderful, estudio inhumanamente feliz donde los haya. Al principio parecían inofensivos, pero se extendieron. Si alguna conclusión sacamos de ello, es que el pueblo estaba ávido de mensajes optimistas. Pobres ilusos. Lo que ocurre con esta empresa es lo mismo que cuando uno sintoniza esos programas de españoles por el mundo. Empieza entusiasmado (oh, viajar sin moverse del sillón; oh, el mestizaje; oh, mensajes de felicidad), pero cuando termina, sin saber por qué, se siente miserable. Las comparaciones son odiosas, y más si son “yo mismo” vs “un señor que regenta un chiringuito en Florianópolis, donde encontró el amor verdadero”. El efecto de Mr. Wonderful es el mismo, pero con tazas. La capacidad de distorsión de la realidad de este estudio, como todos sabéis, no conoce límites. Así se las gastan los optimistas, pero qué haríamos sin ellos.
Para leer completo este interesante post de Pilar Franco @MissPiluro solo tienes que ir a Zumo de Marketing. Os aseguro que no os dejara indiferentes, Pilar nunca deja a nadie indiferente.